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Datos principales


Desarrollo


CAPÍTULO XVI Partida de Maní. --Ornitología de Yucatán. --Descubrimientos del Dr. Cabot. --Pueblo de Tixmeuac. --Peto. --Iglesia y convento. --Noticias de la patria. --D. Juan Pío Pérez. --Almanaque indio. --Fragmento de un manuscrito maya. --Continuación de nuestro viaje. --Tahciú. --Yaxcabá. --Pisté. --Llegada a Chichén Itzá. --Primera visita de las ruinas. --La hacienda. --Extraña recepción. --Alojamiento. --Situación de las ruinas. --Mr. Burke. --Magnífica apariencia de las ruinas. --Derivación de la palabra Chichén. --Cenotes. --Diferencia entre ellos y los vistos anteriormente. --Muchachos dañinos. --Pérdida de las cosechas Antes de amanecer el siguiente día (lunes 7 de marzo), partimos de Maní. Nuestra manera actual de viajar favorecía grandemente la especialidad del Dr. Cabot. La mejor probabilidad que se le ofrecía de proporcionarse algunos pájaros era siempre en el camino, pues por lo que hace a la permanencia en las ruinas era tiempo perdido para él por la espesura de los bosques. Yucatán nunca ha sido explorado ornitológicamente, o, para hablar con mayor propiedad, la única persona que hubiese prestado alguna atención a este ramo de la historia natural, un alemán, había muerto en el país habiéndose dispersado sus colecciones y perdido sus apuntes. Por tanto, el campo de operaciones del Dr. Cabot era tan nuevo como el nuestro; y, llamándonos mucho la atención y constantemente el variado y brillante plumaje de las aves y sus interesantes costumbres, vinieron al fin a identificarse con los objetos de nuestro viaje.

Tuve intención de pedir al Dr. Cabot, y publicar en este libro, un ensayo completo sobre la ornitología del país; pero, como me he encontrado con tantos materiales, que abultan demasiado estos volúmenes, ya es una necesidad urgente la de abreviar todo lo posible. En el Diario de Historia Natural de Boston el doctor Cabot ha publicado un relato de sus observaciones sobre una rara y espléndida ave, el pavo del monte (ocellated turkey), del cual existe una muestra disecada en el jardín de las plantas, en París, y otra en la colección del conde de Derby, únicos que se sepa existen. Además de haber disecado uno para traernos, logramos trasladar dos vivos del interior y aún embarcarlos; pero se nos murieron durante el viaje. Yo espero que el doctor se determine a publicar un pormenor de todas sus observaciones sobre la ornitología de Yucatán. Entretanto, daré en un apéndice la lista de cerca de cien pájaros observados por él en ese país, que también se han encontrado en los Estados Unidos, y que han sido dibujados y descritos por Wilson, Bonaparte, Audubon y Nuttall; de otros, que son harto conocidos al mundo científico por la extraordinaria belleza y brillantez de su plumaje, observados en diferentes regiones de la América del Sur y del centro; pero de los que solamente se ha visto la pluma preparada y vendida en el país, y cuyos hábitos jamás se han descrito y de una tercera categoría, más importante para el naturalista que cualquiera de las otras, y que comprende varios pájaros enteramente desconocidos hasta que el doctor los descubrió en Yucatán.

La lista irá acompañada de unas pocas notas relativas al lugar y circunstancias del hallazgo. Ahora que hablo del apéndice, añadiré que para abreviar este relato me he visto obligado a remitir varias especies a aquella parte de mi libro, en donde podrá verlas el curioso lector. Ahora resumamos. Detuvímonos aquella noche en Tixmeuac, distante de Maní unas ocho leguas: es un pueblo alegre, con un pozo de ciento cuarenta pies de profundidad, del cual se proveen las mujeres dando por cada cántaro un puñado de maíz, habiendo pagado nosotros medio real por dar agua a nuestros caballos. A la madrugada del siguiente día nos pusimos de nuevo en camino, y a las nueve y media de la mañana llegamos a Peto, en donde encontramos a Mr. Catherwood y los equipajes en poder de nuestro amigo el señor don Juan Pío Pérez. La villa de Peto es la capital del Departamento de que el señor Pérez era jefe político. Es una bien fabricada población con calles señaladas, como en Mérida, por medio de figuras en la parte superior de las casas. La iglesia y el convento son dos amplios e imponentes edificios, y la renta del cura era una de las más valiosas en la iglesia, como que montaba a seis o siete mil pesos cada año. En Peto nos encontramos con cartas y paquetes de periódicos de nuestro país, que se nos habían dirigido desde Mérida; y a excepción del tiempo que dedicamos a esta lectura, todo el restante estuvo casi exclusivamente consagrado a largas e interesantísimas conversaciones con el señor don Juan Pío, relativas a las antigüedades de Yucatán.

No puedo expresar suficientemente mis obligaciones hacia este distinguido caballero por el vivísimo interés que tomó en facilitarnos la consecución de nuestro objeto, y por las labores que de buena voluntad emprendió en obsequio nuestro. Además de preparar una serie de formas verbales y otras ilustraciones de la lengua maya, conforme a un apunte formado por ese mismo caballero y del cual ya he hecho referencia, diome un vocabulario manuscrito, que contenía más de cuatro mil palabras de la lengua maya, y un almanaque compuesto por él mismo, según el sistema de computación empleado por los antiguas indios yucatecos para el año que comenzaba el 16 de julio de 1841 y terminaba el 15 de julio de 1842. Fuera de esto, diome la copia de otro documento, que, si es genuino y auténtico, arroja sobre la primitiva historia del país más luz que ningún otro de los otros que existen. Es el fragmento de un manuscrito en lengua maya, trazado de memoria por un indio en una fecha de que no se hace referencia, y titulado "Principales épocas de la historia de Yucatán". Su objeto es presentar la serie de Katunes, o épocas, desde el tiempo de la salida de los toltecas del país de Tulapan, hasta su llegada a esta isla, como la llaman, de Chacnouitan, ocupado, según el cómputo de los Katunes hecho por don Pío, el lapso de tiempo que corresponde al período que media entre los años 144 y 217 de la era cristiana. Desígnase allí la época del descubrimiento de Bacalar y de Chichén Itzá dentro del período corrido del año de 360 y 432 de nuestra era: de la colonización y destrucción de Champotón; del tiempo en que esa raza anduvo errante por los bosques y florestas, y de su segundo establecimiento en Chichén Itzá, todo dentro del período transcurrido de 888 a 936 de la repetida era.

La época en que se colonizó Uxmal corresponde a los años que mediaron entre 936 y 1176. Desígnanse también las épocas de las guerras entre los señores de Chichén y Mayapán: de la destrucción de este último por los vitzes o serranos; y de la llegada de los españoles, a quienes llama "Santos hombres venidos entre ellos desde el oriente". El manuscrito termina con la época del primer bautismo y llegada del primer obispo. Yo no haré comentario alguno sobre el objeto de este manuscrito, porque yo no sé hasta qué punto podrá tenerse por auténtico; pero como es el único que hoy existe y se dice que ha sido escrito por un indio en su lengua nativa, y con el objeto de referir los acontecimientos de la historia antigua de su país, me he determinado a publicarlo en el apéndice. En algunos puntos no deja de estar en oposición con las opiniones que he emitido; pero yo considero el descubrimiento de la materia en este punto de mucha más importancia que la confirmación de ninguna de mis teorías. Mas puedo añadir que, en lo general, coincide con las que se han asentado y sostenido en estas páginas. En la tarde del 11 de marzo despedímonos muy cordialmente del señor don Juan Pío Pérez, y nos dirigimos a Chichén, sobre el cual teníamos fija la vista desde que salimos de nuestra patria para esta expedición. Teníamos una vivísima ansiedad por llegar allí, y de veras que lo abultado de estos volúmenes me están anunciando que no podemos detenernos mucho tiempo en el camino.

Diré, sin embargo, buenamente, que pasamos la primera noche en el pueblo de Tahciú, la segunda en Yaxcabá, y que a la mitad del tercer día llegamos a Pisté, distante de Chichén como unas dos millas. Habíamos escuchado ciertos anuncios de muy mal agüero relativos a la hospitalidad del dueño de la hacienda, y por lo mismo juzgamos muy cuerdo y prudente no alarmarle con presentarnos a él en hora en que nuestro apetito se hallaba aguzado por la penosa marcha de un día, sin que antes pusiésemos a aquel pueblo bajo una moderada contribución. A las cuatro de la tarde salimos de Pisté, y muy luego vimos descollar sobre la llanura el castillo de Chichén. En media hora estábamos ya entre las ruinas de esta antigua ciudad, en presencia de todos los grandes edificios que arrojaban prodigiosas sombras y presentaban un espectáculo que excitaba en sumo grado nuestra admiración, aún después de todo lo que habíamos visto. El camino real pasaba a través de los edificios, y el campo estaba tan despejado, que sin necesidad de desmontar nos acercamos bien a algunos de los principales. Involuntariamente nos habíamos detenido; pero como la noche venía a gran prisa y comenzaba a envolvernos en sus sombras, seguimos adelante y al cabo de pocos minutos ya estábamos en la hacienda. Los vaqueros gritaban y una gran porción de ganado se agolpaba a la puerta para entrar. Estábamos a punto de seguir, cuando una turba de hombres y mujeres que estaban en los escalones de la hacienda nos gritó que no avanzásemos, mientras que un hombre llevando ambas manos en alto se dirigió hacia nosotros y nos cerró en las narices la puerta del corral, dejándonos fuera.

Esto nos prometía otro recibimiento parecido al de don Gregorio; pero esta ominosa demostración no significaba nada de ruin y desagradable, y, al contrario, todo aquello se había hecho por pura bondad. Hacía tres meses que se nos esperaba. Por la intermediación de nuestro amigo, el propietario había tenido conocimiento y dado aviso a su mayordomo acerca de nuestra proyectada visita, previniéndole que hiciese todo lo posible para proporcionarnos comodidad, y por esta misma razón dicho mayordomo había dado la orden de que se nos cerrase la puerta de la casa principal, pues, según nos dijo el hombre que se encargó de cumplir esta comisión, estaba henchida de hombres y mujeres y no había sitio para colgar ni una hamaca más. Condújonos a la iglesia, que por cierto estaba en una bella situación, y puso a nuestra disposición la sacristía, que era nueva, limpia y de paredes revocadas, pero que sólo tenía hamaqueros para colgar dos hamacas. La sacristía tenía una puerta de comunicación con la iglesia, y el hombre nos dijo que también podíamos colgar allí otra hamaca; pero tuvimos algunos escrúpulos, pues estaban en el fin de su fiesta, y los indios podrían querer hacer uso del altar. No quedaba más alternativa que la de apelar a una casa situada directamente enfrente de la hacienda, que no tenía nada de objecionable en punto a tamaño, puesto que sus dimensiones eran ilimitadas, como que no era más que un simple esqueleto de casa formado de estacas que sostenían un techo de paja, con un gran montón de mezcla en el centro, destinada para ser convertida con el tiempo en paredes de la casa.

Precisamente el propietario había mandado a construirla para alojar a los transeúntes y viajeros; y, mientras residimos en ella, vimos convertir la mezcla en el objeto a que se le destinaba, quedándonos recuerdos de ella; y de esa suerte, el próximo viajero que se presente a visitar estas ruinas encontrará una buena casa para su recepción. El mayordomo quería que hiciésemos nuestras comidas en la hacienda; pero, como teníamos con nosotros nuestros utensilios, reorganizamos nuestra casa y cocina, para lo cual tuvimos una proporción no común de auxilios y recursos. Además de los que proporcionaba de suyo la hacienda, el pueblo de Pisté estaba a nuestras órdenes, y, no distando la ciudad de Valladolid más que seis horas de camino, preparamos una lista de provisiones para que se enviase por ellas al día siguiente. A la mañana próxima, guiados de un indio de la hacienda nos preparamos para hacer una inspección preliminar. Las ruinas de Chichén se hallan en una hacienda que lleva el mismo nombre de la antigua ciudad, y que pertenece en propiedad a don Juan Sosa, pues le cupo en la partición de los bienes de su padre, con ganado vacuno, caballar y mular por valor de cinco o seis mil pesos. Como la mayor parte de las tierras de aquella comarca, el señorío directo es del gobierno, y el llamado dueño sólo tiene derecho a las mejoras. Las ruinas distan nueve leguas de Valladolid por un camino real que pasa a través de ellas. Los grandes edificios descuellan por ambos lados del camino a la vista de todos los transeúntes, y, acaso por el hecho de que ese camino es muy frecuentado, han llegado a conocerse más por la generalidad las ruinas de Chichén, que ninguna de las otras del país.

Es una circunstancia interesante, sin embargo, la de que el primer extranjero que las visitó fue un nativo de Nueva York, al cual encontramos después en Valladolid, y que aun hoy (1841) reside todavía en aquella ciudad. Apenas llegamos a Chichén, cuando oímos hablar de un paisano (compatriota) nuestro, llamado don Juan Burque, y que era ingeniero en la máquina de Valladolid, lo cual quería decir que se hablaba de Mr. John Burke, ingeniero en una fábrica de hilados y tejidos establecida en Valladolid. En el año de 1838, Mr. Burke fue de Valladolid al pueblo de Kauá, distante seis leguas de Chichén; y mientras se hallaba en una excursión por aquellas cercanías, uno de los jóvenes que le acompañaban habló de los edificios de aquella hacienda, diciendo que desde la cima de uno de ellos se veía perfectamente la ciudad de Valladolid. A esta noticia, Mr. Burke se dirigió a aquel sitio, y el día 4 de julio subió a la parte superior del castillo desde donde, por medio de un catalejo, pudo ver perfectamente la ciudad. Dos años después, en 1840, el barón Frederichstahl visitó aquellas ruinas, siendo este viajero alemán el primero que las dio a conocer al público de Europa y Estados Unidos; y ahora que se ofrece, debo decir que esta visita del barón fue emprendida en virtud de una recomendación que le hice, al volver de la interrumpida jornada de exploración que hice entre las ruinas de Yucatán, concluido mi viaje de Centroamérica. Pero volvamos a nuestro asunto.

Desde la puerta de la casa de guano en que estábamos alojados se veían completamente los principales edificios. Dirigímonos primero a los que se encuentran del otro lado del camino real: el paso era a través del corral, de donde salimos por una puerta, interceptada con troncos atravesados, al campo de las ruinas, que, si bien era boscoso en algo, en la mayor parte estaba limpio y cortado por veredas del ganado. Las garrapatas eran tan abundantes como siempre, y puede ser que más, por la abundancia de ganado que pastaba en la llanura; pero las ventajas de un paisaje descubierto y la facilidad de moverse de un punto a otro eran tan grandes, que las garrapatas no disminuyeron en nada nuestra satisfacción, que subió hasta su último punto por el espectáculo de las ruinas mismas. Éstas eran en verdad magníficas, los edificios eran vastos, y algunos de ellos en el mejor estado de preservación: las fachadas en general no estaban tan minuciosamente labradas y decoradas como algunas de las que habíamos visto, parecían más antiguas y la escultura era más tosca; pero los departamentos interiores contenían decoraciones y pinturas curiosas, que eran nuevas para nosotros y poderosamente interesantes. Todos los principales edificios estaban comprendidos en un área comparativamente pequeña; y, en efecto, se encontraban en tal proximidad, y la facilidad de pasar del uno al otro era tan grande, que a la una de la tarde ya habíamos visitado uno a uno todos los edificios, examinado todos sus departamentos y arreglado completamente el plan y orden de nuestros trabajos.

Concluido esto, regresamos a juntarnos con el Dr. Cabot, que en el entretanto estaba consagrado a una ocupación, independiente es verdad, pero destinada a la utilidad y provecho común de todos nosotros. Sobre los otros muchos ejemplos ya presentados, el nombre Chichén es otro que muestra la importancia que tiene la posesión del agua en aquella árida región. Ese nombre es compuesto de las dos palabras de la lengua maya chí, que significa boca, y chen, pozo, de manera que las dos palabras dicen boca del pozo. Entre las ruinas se encuentran dos grandes cenotes, que sin duda proveyeron de agua a los habitantes de la antigua ciudad. Desde el establecimiento de la hacienda y construcción en ella de un pozo, esos dos grandes depósitos han caído en desuso. El Dr. Cabot emprendió la obra de practicarse un sendero hasta las aguas de uno de ellos con el fin de proporcionarse un baño, cosa que es tan necesaria como el alimento en aquel clima tan caluroso. Llegamos, pues, a reunirnos con él en el momento en que terminaba su obra, y, además de los indios trabajadores que dirigía, había allí una gran compañía de muchachos mestizos de Pisté, que, aprovechándose de aquel trabajo, se habían arrojado al agua para bañarse, nadando en todas direcciones, encaramándose en los huecos de las rocas y lanzándose desde allí nuevamente en las aguas. En nuestro viaje a Peto, cuyas particularidades me he visto precisado a omitir por abreviar, habíamos entrado en una región en donde los medios de proveerse de agua formaban un nuevo y muy distinto rasgo característico del país, más selvático, y produciendo a primera vista una impresión acaso más profunda y admirable que aquellas extraordinarias cavernas, aguadas y cenotes que hasta allí habíamos contemplado.

Los que en esta vez encontrábamos llamábanse también cenotes, pero diferían materialmente de aquéllos, pues eran unos enormes agujeros circulares de sesenta a doscientos pies de diámetro, formados en las rocas, con paredes verticales desde cincuenta a cien pies de altura, conteniendo en el fondo una gran masa de aguas de una profundidad desconocida, casi siempre al mismo nivel, suponiéndose por eso que eran ríos subterráneos. Nosotros hemos visto ranchos de indios establecidos en los bordes de estos colosales cenotes, con una balaustrada de madera sobre uno de los lados, desde la cual ocupábanse las mujeres en extraer el agua por medio de cubos. Probablemente los dos grandes cenotes de Chichén fueron un incitativo para formar allí una población. Uno de esos cenotes, aunque de apariencia bastante salvaje y ruda, tenía menos de aquella extraordinaria regularidad que habíamos visto en otros. Todos éstos eran circulares, y era imposible llegar a las aguas sino por medio de cuerdas. Éste de que voy hablando era oblongo, como de doscientos cincuenta pies de largo y ciento cincuenta de ancho. Los costados tenían de sesenta a setenta pies de elevación, y todos eran perpendiculares, a excepción de uno que se cortaba en forma de barranca, presentando un paso tortuoso hasta el agua. Ese paso era evidentemente artificial, porque en algunos sitios todavía se descubrían los vestigios de una muralla de piedra a lo largo de la orilla. En este lado hizo construir el Dr.

Cabot una balaustrada de resguardo, que después destruyeron los malvados muchachos de Pisté; nosotros tratamos de descubrir al delincuente ofreciendo un premio de dos reales a cada uno de ellos, si lo encontraban o descubrían; pero ninguno se presentó a recibir la recompensación prometida. Estos muchachos, sea dicho de paso, bien así como los habitantes en general de Pisté, hombres y mujeres, parecían haberse persuadido de que la abertura de aquel paso difícil había sido emprendida en su exclusivo beneficio, y al principio formaron un cierto puntillo de hallarse siempre en el sitio en los momentos mismos en que nos trasladábamos allí para bañarnos. En cierta ocasión nos encontramos tan mortificados con la presencia de dos señoras del pueblo, determinadas al parecer a estarse allí indefinidamente, que nos vimos obligados, para hacernos entender amigablemente, a notificar a todos que deseábamos el beneficio de su ausencia en los momentos destinados para nuestro baño. Así, diariamente cada vez que el sol se hallaba en posición perpendicular y que apenas podía soportarse el calor en la superficie de la tierra, nos íbamos a bañar en este profundo cenote. Volvimos a nuestra cabaña muy satisfechos con nuestro primer día de permanencia en Chichén; y hubo otra circunstancia, aunque penosa en sí misma, que añadió materialmente nuevo aliento al principio de nuestras labores en aquel sitio. El peligro de la proximidad de las lluvias estaba ya pasando, y previéndose la pérdida de la inmediata cosecha, el maíz había subido desde dos reales hasta un peso la carga.

Apenas puede imaginarse la calamidad que ha afligido a ese país con la pérdida de la cosecha del maíz. Esa calamidad había ocurrido en 1836, y la misma causa amenazaba producir esta vez el mismo efecto. De los Estados Unidos se proveían los habitantes de las costas; pero no se hubiera podido soportar el gasto de conducción a los pueblos del interior: el precio venía a ser en estos puntos el de cuatro pesos carga, lo que ponía este artículo tan indispensable para la vida fuera del alcance de los indios. Siguiose de allí el hambre y los pobres indios sucumbían hambrientos. En los momentos de nuestro arribo, los criados de la hacienda, siempre improvidentes de suyo, habían consumido ya sus pequeños depósitos, y perdida la esperanza de sacar algo de sus milpas, con permiso del amo marchaban a otras regiones en donde la escasez no fuese tan severa. Según nos dijo el mayordomo, nuestra llegada había detenido este movimiento: en lugar de andar nosotros a caza de indios que quisiesen auxiliarnos, los pobres por el contrario cercaban en turbas nuestra cabaña pidiendo ocupación, arañando los reales que Albino distribuía entre ellos. Pero todo el socorro que podíamos proporcionarles había de ser de corta duración; y no puedo menos de decir que, en los momentos de estar escribiendo esto, la calamidad temida ha sobrevenido: los puertos de Yucatán están abiertos pidiendo el alimento en el extranjero; y aquel país, en donde hace pocos meses viajábamos pacíficamente recibiendo por todas partes muestras señaladas de bondad, gime hoy en medio de los horrores del hambre, además de los de la guerra en que se halla envuelto.

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