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Desarrollo


Capítulo XLII De cómo Atabalipa tuvo aviso de cuán cerca estaba de los cristianos, y del consejo que tomó; envió mensajeros a Pizarro, que no dejaba de marchar Continuamente le iba nueva al gran señor Atabalipa de los Cristianos; y cuando supo que estaban aun no dos jornadas de Caxamalca, temió su atrevimiento; mandó juntar sus capitanes de los mitimaes y señores principales para tratar lo que harían tocante a los cristianos, pues calla, callando, se venían acercando a ellos, usando de gran tiranía; pues sin ser sus naturales, ni les haber hecho ofensa, habían robado lo que hallaban aplicándolo a sí; y que, según se entendía de ellos, pretendían mandar la tierra, donde, si aquéllos quedaban con posesión, de razón vendrían muchos de sus parientes, en las naos que traían por la mar; y que, pues el daño que hacían era general, convenía que se mirase por todos y se determinase lo que harían sobre ello. Afirman los que de éstos son vivos, que hablaron gran rato en esta materia, y que unas veces decían que sería bien salir a ellos, y a piedra menuda matarlos a todos, pues eran tan pocos; y otras, que era locura hacer caso de ciento sesenta hombres para temerlos tanto que mejor sería dejarlos llegar a Caxamalca, donde los atarían a todos y se vengarían de ellos. Negocio fue este grande y que se muestra obrar Dios con su poder cegando el entendimiento a los indios que no saliesen a los cristianos, porque sin pelear, ni sin más que todos con un tiempo dieran de tropel a todos los llevaran, y más viniendo como venían por sierra.

El negocio se guió por tal modo, cual convino para ser vencedores de los indios, como fueron. Determinó Atabalipa, con los suyos de no salir a ellos, mas antes de los aguardar en Caxamalca, como estaban, y que fuesen con su mensaje al capitán que traían; y así salieron de Caxamalca quince o veinte indios acompañando a los embajadores. Llevaban un presente donoso, porque fue, algunos cestillos de fruta y diez o doce patos mal asados con su pluma, y tres o cuatro cuartos de oveja tan asada, que no tenía virtud. Con esto dicen que Atabalipa envió a decir a Pizarro que se diese prisa a llegar a Caxamalca, donde le estaban aguardando y se holgarían todos. Otros cuentan que no, sino que con grande enojo le envió a decir que luego se saliese de su tierra y le volviese el oro, plata, piedras, mujeres, hombres, con lo que más habían robado, pues no era suyo, donde no, que los mataría a todos. Pizarro recibió el presente alegremente; honró los mensajeros, a los cuales dio algo de lo que tenía; respondió a Atabalipa que tuviese buen corazón para los cristianos, y que él llegaría a Caxamalca, donde hablarían y se comunicarían el uno al otro, de lo cual tenía mucho deseo, porque le habían dicho que era gran señor. Los mensajeros volvieron, contáronle cómo los cristianos venían ya muy cerca de ellos; tornóse a tratar sobre lo que se haría, mas no mudaron el parecer primero, sino fue en que cuando llegasen junto al valle de Caxamalca, que saliese Rumiñabi, con sus mil hombres de guerra para prender los que de ellos se huyesen porque les parecía ya que los tenían en su poder.

Pizarro, luego que fueron vueltos los indios, trató mucho sobre la embajada y presente que Atabalipa les envió, caminaban recatados; no tuvieron guerra, ni les pasó cosa notable, porque la gente toda estaba en la junta de Caxamalca, y como se hubieron dado prisa, llegaron a vista de los pueblos del valle. Los indios e indias de servicio les lloraban, diciendo que presto los habían de matar los que estaban con Atabalipa. Los españoles vieron en unas chácaras asentado el ejército de Atabalipa con tantas tiendas, que parecía una ciudad, porque para más provecho de los nuestros y perdición suya, cuando supo que estaban tan cerca de él, les dejó los aposentos reales de Caxamalca, pasando él a otros que estaban cerca donde se veían las tiendas, lo cual hizo por los tomar allí a todos y hacerles la guerra, cercándolos. A esto llegaron los españoles a descubrir enteramente Caxamalca, provincia grande y que cuentan de ella grandes cosas, en la cual entraron mediado el mes de noviembre del año del Señor de 1532.

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