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Datos principales


Desarrollo


De los pueblos que hay salidos del Quito hasta llegar a los reales palacios de Tumebamba, y de algunas costumbres que tienen los naturales dellos Desde la ciudad de San Francisco de Quito hasta los palacios de Tumebamba hay cincuenta y tres leguas. Luego que salen della, por el camino ya dicho se va a un pueblo llamado Panzaleo. Los naturales dél difieren en algo a los comarcanos, especialmente en la ligadura de la cabeza; porque por ella son conocidos las linajes de los indios y las provincias donde son naturales. Estas y todos los deste reino, en más de mil y docientas leguas, hablaban la lengua general de los ingas, que es la que se usaba en el Cuzco. Y hablábase esta lengua generalmente porque los señores ingas lo mandaban y era ley en todo su reino, y castigaban a los padres y era ley en todo su reino, y castigaban a los padres si la dejaban de mostrar a sus hijos en la niñez. Mas, no embargante que hablaban la lengua del Cuzco (como digo), todos se tenían sus lenguas, las que usaron sus antepasados. Y así, estos de Panzaleo tenían otra lengua que los de Carangue y Otabalo. Son del cuerpo y disposición como los que declaré en el capítulo pasado. Andan vestidos con sus camisetas sin mangas ni colar, no más que abiertas por los lados, por donde sacan los brazos, y por arriba, por donde asimismo sacan la cabeza, y con sus mantas largas de lana y algunas de algodón. Y desta ropa, la de los señores era muy prima y con colores muchas y muy perfectas. Por zapatos traen unas ojotas de una raíz o hierba que llaman cabuyá, que echa unas pencas grandes, de las cuales salen unas hebras blancas, como de cáñamo, muy recias y provechosas, y destas hacen sus ojotas o albarcas, que les sirven por zapatos, y por la cabeza traen puestos sus ramales.

Las mujeres, algunas andan vestidas a uso del Cuzco, muy galanas, con una manta larga que las cubre desde el cuello hasta los pies, sin sacar más de los brazos, y por la cintura se la atan con uno que llaman chumbe, a manera de una reata galana y muy prima y algo más ancha. Con éstas se atan y aprietan la cintura, y luego se ponen otra manta delgada, llamada líquida, que les cae por encima de los hombros y desciende hasta cubrir los pies. Tienen, para prender estas mantas, unos alfileres de plata o de oro grandes, y al cabo algo anchos, que llaman topos. Por la cabeza se ponen también una cinta no poca galana, que nombran vincha, y con sus ojotas en los pies andan. En fin, el uso de vestir de las señoras del Cuzco ha sido el mejor y más galano y rico que hasta agora se ha visto en todas estas Indias. Los cabellos tienen gran cuidado de se los peinar, y tráenlos muy largos. En otra parte trataré más largamente este traje de las pallas o señoras del Cuzco. Entre este pueblo de Panzaleo y la ciudad del Quito hay algunas poblaciones a una parte y a otra en unos montes. A la parte del poniente está el valle de Uchillo y Langazi, adonde se dan, por ser la tierra muy templada, muchas cosas de las que escrebí en el capítulo de la fundación de Quito, y los naturales son amigos y confederados. Por estas tierras no se comen los unos a otros ni son tan malos como algunos de los naturales de las provincias que en lo de atrás tengo escripto. Antiguamente solían tener grandes adoratorios a diversos dioses, según publica la fama dellos mismos.

Después que fueron señoreados por los reyes ingas hacían sus sacrificios al sol, al cual adoraban por Dios. De aquí se toma un camino que va a los montes de Yumbo, en los cuales están unas poblaciones, donde los naturales dellas son de no tan buen servicio como los comarcanos a Quito, ni tan domables, antes son más viciosos y soberbios; lo cual hace vivir en tierra tan áspera y tener en ella, por ser cálida y fértil, mucho regalo. Adoran también al sol, y parécenee en las costumbres y afectos a sus comarcanos; porque fueron, como ellos, sojuzgados por el gran Topainga Yupangue y por Guaynacapa, su hijo. Otro camino sale hacia el nacimiento del sol, que va a otras poblaciones llamadas Quixo, pobladas de indios de la manera y costumbres destos. Adelante de Panzaleo tres leguas están los aposentos y pueblo de Mulahalo, que, aunque agora es pueblo pequeño, por haberse apocado los naturales, antiguamente tenía aposentos para cuando los ingas o sus capitanes pasaban por allí, con grandes depósitos para proveimientos de la gente de guerra. Está a la mano derecha deste pueblo de Mulahalo un volcán o boca de fuego, del cual dicen los indios que antiguamente reventó y echó de sí gran cantidad de piedras y ceniza; tanto, que destruyó mucha parte de los pueblos donde alcanzó aquella tormenta. Quieren decir algunos que antes que reventase se veían visiones infernales y se oían algunas voces temerosas. Y parece ser cierto lo que cuentan estos indios deste volcán, porque al tiempo que el adelantado don Pedro de Albarado, gobernador que fue de la provincia de Guatimala, entró en el Perú, con su armada, viniendo a salir a estas provincias de Quito, les pareció que llovió ceniza algunos días, y así lo afirman los españoles que venían con él.

Y era que debió de reventar alguna boca de fuego destas, de las cuales hay muchas en aquellas sierras, por los grandes mineros que debe de haber de piedra de azufre. Poco más adelante de Mulahalo está el pueblo y grandes aposentos llamados de la Tacunga, que eran tan principales como los de Quito. Y en los edificios, aunque están ruinados, se parece la grandeza dellos, porque en algunas paredes destos aposentos se ve bien claro dónde estaban encajadas las ovejas de oro y otras grandezas que esculpían en las paredes. Especialmente había esta riqueza en el aposento que estaba señalado para los reyes ingas, y en el templo del sol, donde se hacían los sacrificios y supersticiones, que es donde también estaban cantidad de vírgenes dedicadas para el servicio del templo, a las cuales (como ya otras veces he dicho) llamaban mamaconas. No embargante que en los pueblos pasados que he dicho hubiese aposentos y depósitos, no había en tiempo de los ingas casa real ni templo principal, como aquí ni en otros pueblos más adelante, hasta llegar a Tumebamba, como en esta historia iré relatando. En este pueblo tenían los señores ingas puesto mayordomo mayor, que tenía cargo de coger los tributos de las provincias comarcanas y recogerlos allí, adonde asimismo había gran cantidad de mitimaes. Esto es, que, visto por los ingas que la cabeza de su imperio era la ciudad del Cuzco, de donde se daban las leyes y salían los capitanes a seguir la guerra, el cual estaba de Quito más de seiscientas leguas y de Chile otro mayor camino; considerando ser toda esta longura de tierra poblada de gentes bárbaras, y algunas muy belicosas, para con más facilidad tener seguro y quieto su señorío tenían esta orden desde el tiempo del rey inga Yupangue, padre del gran Topainga Yupangue y abuelo de Guaynacapa: que luego que conquistaban una provincia destas grandes mandaban salir o pasar de allí diez o doce mil hombres con sus mujeres, o seis mil, o la cantidad que querían.

Los cuales se pasaban a otro pueblo o provincia que fuese del temple y manera del de donde salían; porque si eran de tierra fría eran llevados a tierra fría, y si de caliente, a caliente, y estos tales eran llamados mitimaes, que quiere significar indios venidos de una tierra a otra. A los cuales se les daban heredades en los campos y tierras para sus labores y sitio para hacer sus casas. Y a estos mitimaes mandaban los ingas que estuviesen siempre obedientes a lo que sus gobernadores y capitanes les mandasen; de tal manera, que si los naturales se rebelasen, siendo ellos de parte del gobernador, eran luego castigados y reducidos al servicio de los ingas. Y por consiguiente, si los mitimaes buscaban algún alboroto eran apremiados por los naturales; y con esta industria tenían estos señores su imperio seguro que no se les rebelase, y las provincias bien proveídas de mantenimiento, porque la mayor parte de la gente dellas estaban, como digo, los de unas tierras en otras. Y tuvieron otro aviso para no ser aborrecidos de los naturales: que nunca quitaron el señorío de ser caciques a los que les venía de herencia y eran naturales. Y si por ventura alguno cometía delicto o se hallaba culpado en tal manera que mereciese ser privado del señorío que tenía, daban y encomendaban el cacicazgo a sus hijos o hermanos y mandaban que fuesen obedecidos por todos. En el libro de los ingas trato más largamente esta cuenta de los mitimaes, que se entiende lo que tengo dicho.

Y volviendo a la materia, digo que en estos aposentos tan principales de la Tacunga había destos indios a quien llaman mitimaes, que tenían cargo de hacer lo que por el mayordomo del Inga les era mandado. Alrededor destos aposentos a una parte y a otra hay las poblaciones y estancias de los caciques y principales, que no están poco proveídos de mantenimientos. Cuando se dio la última batalla en el Perú (que fue en el valle de Xaquizaguana, donde Gonzalo Pizarro fue muerto), salimos de la gobernación de Popayán con el adelantado don Sebastián de Belalcázar poco menos de doscientos españoles, para hallarnos de la parte de su majestad contra los tiranos; y por cierto que llegamos algunos de nosotros a este pueblo, porque no caminábamos todos juntos, y que nos proveían de bastimento y de las demás cosas necesarias con tanta razón y tan cumplidamente que no sé adónde mejor se pudiera hacer. Porque en una parte tenían gran cantidad de conejos y en otra de puercos y en otra de gallinas, y por el consiguiente, de ovejas y corderos y carneros, y otras aves; y así, proveían a todos los que por allí pasaban. Andan todos vestidos con sus mantas y camisetas, ricas y galanas, y más bastas; cada uno como tiene la posibilidad. Las mujeres andan tan bien vestidas como dije que andaban las de Mulahalo, y son casi de la habla dellos. Las casas que tienen todas son de piedra y cubiertas con paja; unas dellas son grandes y otras pequeñas, como es la persona y tiene el aparejo.

Los señores y capitanes tienen muchas mujeres; pero la una dellas ha de ser la principal y legítima de la sucesión, de la cual se hereda el señorío. Adoran al sol, y cuando se mueren los señores les hacen sepulturas grandes en los cerros o campos, adonde los meten con sus joyas de oro y plata y armas, ropa y mujeres vivas, y no las más feas, y mucho mantenimiento. Y esta costumbre de enterrar así los muertos en toda la mayor parte destas Indias se usa por consejo del demonio, que les hace entender que de aquella suerte han de ir al reino que él les tiene aparejado; hacen muy grandes lloros por los difuntos, y las mujeres que andan sin se matar, con las demás sirvientas, se tresquilan y están muchos días en lloros continuos; y después de llorar la mayor parte del día y la noche en que mueren, un año arreo lo lloran. Usan el beber ni más ni menos que los pasados, y tienen por costumbre de comer luego por la mañana, y comen en el suelo, sin se dar mucho por manteles ni por otros paños; y después que han comido su maíz y carne o pescado, todo el día gastan en beber su chicha o vino que hacen del maíz, trayendo siempre el vaso en la mano. Tienen gran cuidado de hacer sus areitos o cantares ordenadamente, asidos hombres y mujeres de las manos y andando a la redonda a son de un atambor, recontando en sus cantares y endechas las cosas pasadas y siempre bebiendo hasta quedar muy embriagados; y como están sin sentido, algunos toman las mujeres que quieren, y llevadas a alguna casa, usan con ellas sus lujurias, sin tenerlo por cosa fea, porque ni entienden el don que está debajo de la vergüenza ni miran mucho en la honra ni tienen mucha cuenta con el mundo, porque no procuran más de comer lo que cogen con el trabajo de sus manos.

Creen la inmortalidad del ánima, a lo que entendemos dellos, y conocen que hay Hacedor de todas las cosas del mundo; en tal manera, que contemplando la grandeza del cielo y el movimiento del sol y de la luna y de las otras maravillas tienen poder, puesto que muchos dellos, viendo sus maldades y que nunca dice verdad ni la trata, lo aborrecen, y más le obedecen por temor que por creer que en él haya deidad. Al sol hacen grandes reverencias y le tienen por dios; los sacerdotes usaban de gran santimonia, y son reverenciados por todos y tenidos en mucho, donde los hay. Otras costumbres y cosas tenía que decir destos indios; y pues casi las guardan y tienen generalmente, yendo caminando por las provincias iré tratando de todas, y concluyo en este capítulo con decir que estos de la Tacunga usan por armas para pelear lanzas de palma y tiraderas y dardos y hondas. Son morenos como los ya dichos; las mujeres, muy amorosas, y algunas hermosas. Hay todavía muchos mitimaes de los que había en el tiempo que los ingas señoreaban las provincias de su reino.

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