Compartir


Datos principales


Desarrollo


Cómo el Almirante fue a la Villa de la Navidad, y la halló quemada y despoblada, y cómo se avistó con el rey Guacanagarí Jueves, a 28 de Noviembre, el Almirante entró por la tarde con su armada en el puerto de la Villa de la Navidad, y la encontró toda quemada. Aquel día no vieron persona alguna en aquellos alrededores. Pero al siguiente, de mañana, el Almirante salió a tierra, con gran dolor de ver las casas y la fortaleza incendiadas; que en la plaza, sólo quedaban de las casas de los cristianos, cajas rotas, y otras cosas semejantes, cual en tierra devastada y puesta a saco. Como no había nadie a quien se pudiese preguntar, el Almirante, con algunos bateles, entró en un río que estaba próximo, y mientras subía por él, mandó que se limpiase el pozo de la fortaleza, creyendo que en él se hallaría oro, porque al tiempo de su marcha, recelando las dificultades que podían ocurrir, había mandado a los que allí quedaban que echasen todo el oro que allegasen en aquel pozo; pero no se encontró cosa alguna. El Almirante, por donde fue con los bateles, no pudo echar las manos a indio alguno, porque todos huían de sus casas a las selvas. No hallando allí más que algunos vestidos de cristianos, tornó a la Navidad, donde encontró ocho cristianos muertos, y por el campo, cerca de la población, parecieron otros tres; conocieron que eran cristianos por las ropas, y parecía que habían sido muertos un mes antes. Yendo algunos cristianos por allí, buscando vestigios o papeles de los muertos, vino a hablar al Almirante un hermano del cacique Guacanagarí, con otros indios que sabían ya decir algunas palabras en lengua castellana, y conocían y llamaban por sus nombres a todos los cristianos que allí habían quedado.

Dijeron que éstos muy luego comenzaron a tener discordias entre sí, y a tomar cada uno las mujeres y el oro que podía; que por ésto sucedió que Pedro Gutiérrez y Escobedo, mataron a un Jácome, y después, con otros nueve, se habían ido con sus mujeres a un cacique llamado Caonabó, que era señor de las minas. Este los mató, y después de muchos días fue con no poca gente a la Navidad, donde no estaba más que Diego de Arana con diez hombres, que perseveraron con él en guarda de la fortaleza, porque todos los demás se habían esparcido por diversos lugares de la isla. Luego que fue Caonabó, de noche prendió fuego a las casas en que habitaban los cristianos con sus mujeres; por miedo del cual huyeron al mar, donde se ahogaron ocho, y tres perecieron en tierra que no señalaban. Que el mismo Guacanagarí, combatiendo contra Caonabó por defender a los cristianos, fue herido y huyó. Esta relación se conformaba con la que habían dado otros cristianos que había enviado el Almirante para saber alguna cosa nueva de la tierra, y habían llegado al pueblo principal, donde Guacanagarí estaba enfermo de una herida, por la cual dijo que no había podido ir a visitar al Almirante y a darle cuenta de lo sucedido a los cristianos; añadía que éstos, luego que el Almirante marchó a Castilla, comenzaron a tener discordias, y cada uno quería rescatar oro para sí, y tomar las mujeres que le parecía; y no contentos con lo que Guacanagarí les daba y prometía, se dividieron y se fueron esparciendo uno aquí y otro allá; que algunos vizcaínos fueron juntos a cierto lugar donde todos perecieron; que esto era la verdad de lo sucedido, y así lo podían referir al Almirante, a quien rogó, por medio de los cristianos, que fuese a visitarlo, porque él se hallaba en tan mal estado que no podía salir de casa.

Hízolo así el Almirante, y al día siguiente, fue a visitarle; Guacanagarí con muestras de gran dolor refirió todo lo que había sucedido, como arriba se ha dicho, y que él y los suyos estaban heridos por defender a los cristianos, lo que se manifestó por sus heridas, que no eran hechas con armas de cristianos, sino con azagayas y flechas que usan los indios, con las puntas de espinas de peces. Luego que conversaron algún tiempo, el cacique dió al Almirante ocho cintos labrados de cuentas menudas hechas de piedras blancas, verdes y rojas, y otro cinto hecho de oro, con una corona real, también de oro, tres calabacillas llenas de granillos, y pedacillos de oro que todo pesaría cuatro marcos. El Almirante a cambio le dio muchas cosas de nuestras especies, que valdrían tres reales y fueron por él estimadas en más de mil. Aun que estaba gravemente enfermo, fue con el Almirante a vez la Armada, donde le fue hecha gran fiesta, y le gustó mucho ver los caballos, de los que ya los cristianos le habían dado noticia; y porque alguno de los muertos le había informado mal de las cosas de nuestra fe, diciéndole que la ley de los cristianos era vana, fue necesario que el Almirante le confirmase en ésta, y accedió luego a llevar al cuello una imagen de plata de la Virgen, que antes no había querido recibir.

Obras relacionadas


No hay contenido actualmente en Obras relacionadas con el contexto

Contenidos relacionados