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Desarrollo


CAPÍTULO II De algunas supersticiones de indios, así de la Florida como del Perú, y cómo los españoles llegan a Auche Volviendo en nuestro cuento algo atrás de donde quedamos, es de saber que, cuando los españoles salieron del pueblo Guachoya, se fue con ellos, de su voluntad, un indio de diez y seis o diez y siete años, gentil hombre de cuerpo y hermoso de rostro, como lo son en común los naturales de aquella provincia. Y, habiendo caminado tres o cuatro jornadas, echaron de ver en él los criados del gobernador Luis de Moscoso, a los cuales el indio se había allegado, y como lo extrañasen y viesen que iba de su grado, temiendo fuese espía, dieron cuenta de ello al general, el cual lo envió a llamar y, con los intérpretes, y entre ellos Juan Ortiz, le preguntó dijese la causa por qué, dejando sus padres, parientes, amigos y conocidos, se iba con los españoles no los conociendo. El indio respondió: "Señor, yo soy pobre y huérfano. Mis padres a su muerte me dejaron muy niño y desamparado, y un indio principal de mi pueblo, pariente cercano del curaca Guachoya, con lástima que de mí tuvo, me recogió en su casa y me crió entre sus hijos. El cual, a la partida de vuestra señoría quedaba enfermo y desahuciado de la vida. Sus parientes, mujer e hijos, luego que lo vieron así, me eligieron y nombraron para que, en muriéndose mi amo, me enterrasen con él, vivo como estoy, porque decían que mi señor me había querido mucho y que por este amor era razón que yo fuese con él a servirle en la otra vida.

Y, aunque es verdad que por haberme criado le tengo obligación y le quiero bien, no es ahora tanto el amor que huelgue me entierren vivo con él. Por huir esta muerte, no hallando remedio mejor, acordé venirme con la gente de vuestra señoría, que más quiero ser su esclavo que verme enterrar vivo. Esta es la causa de mi venida, y no otra." El general y los que con él estaban se admiraron de haber oído al indio, y entendieron que la costumbre y abusión de enterrar vivos los criados y las mujeres con el hombre principal difunto, también se usaba y guardaba en aquella tierra como en las demás del nuevo mundo hasta entonces descubiertas. En todo el imperio de los incas que reinaron en el Perú se usaba largamente enterrar con los reyes y grandes señores sus mujeres las más queridas y los criados más favorecidos y allegados a ellos, porque en su gentilidad tuvieron la inmortalidad del ánima y creían que después de esta vida había otra como ella misma, y no espiritual; empero con pena y castigo para el que hubiese sido malo y con gloria, premio y galardón para el bueno. Y así dicen Hanampacha, que quiere decir mundo alto, por el cielo, y Ucupacha, que significa mundo bajo, por el infierno, y llaman Zupay al diablo, con quien dicen que van los malos. Y de esto trataremos más largo en la historia de los incas. Y volviendo a nuestros castellanos, que los dejamos ansiosos por caminar mucho, y después les ha de pesar por haber caminado tanto, decimos que, habiendo pasado las provincias que no pudimos nombrar por no saber los nombres de ellas por las cuales caminaron más de cien leguas, al fin de ellas llegaron a una provincia llamada Auche, y el señor de ella les salió a recibir con muchas caricias que les hizo y les hospedó con muestras de amor, y dijo tenía gran contento de verlos en su tierra, mas, como después veremos, todo era falso y fingido.

Dos días descansaron los españoles en aquel pueblo Auche, que era el principal de la provincia, e, informándose de lo que a su viaje convenía, supieron que a dos jornadas del pueblo había un gran despoblado que pasar, de cuatro días de camino. El cacique Auche les dio indios cargados de maíz para seis días y un indio viejo que les guiase por el despoblado hasta sacarlos a poblado y, en presencia de los españoles, haciendo mucho del amigo, le mandó que los llevase por el mejor y más corto camino que sabía. Con este recaudo salieron los nuestros de Auche y en dos jornadas llegaron al despoblado, por el cual caminaron otros tres días por un camino ancho que parecía camino real, mas al fin de las dos jornadas se fue estrechando de poco en poco hasta perderse del todo, y sin camino anduvieron otros seis días por donde el indio quería llevarlos, con decirles que los llevaba por atajos, sin camino, para más aína salir a poblado. Los españoles, al cabo de los ocho días que habían andado por aquellos desiertos, montes y breñales, viendo que no acababan de salir de ellos, advirtieron en lo que hasta entonces no habían mirado, y fue que el indio los había traído al retortero, guiándolos unas veces al norte, otras al poniente, otras al mediodía, otras volviéndolos hacia el levante, lo cual no habían notado antes por el mucho deseo que llevaban de pasar adelante, y por la confianza que en su guía habían tenido que no los engañaría. Advirtieron asimismo que había tres días que caminaban sin comer maíz ni otra vianda, sino hierbas y raíces, y que, por horas, iban creciendo las dificultades y menguaban las esperanzas de salir de aquellos desiertos, porque no tenían comida ni camino.

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