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Cómo fuimos a la cabecera y mayor pueblo de Tlascala, y lo que allí pasamos Pues corno había un día que estábamos en el pueblezuelo de Gualipar, y los caciques de Tlascala por mí nombrados nos hicieron aquellos ofrecimientos, que son dignos de no olvidar y de ser gratificados, y hechos en tal tiempo y coyuntura; y después que fuimos a la cabecera y pueblo mayor de Tlascala, nos aposentaron, como dicho tengo, parece ser que Cortés preguntó por el oro que habían traído allí, que eran cuarenta mil pesos; el cual oro fueron las partes de los vecinos que quedaban en la Villa-Rica; y dijo Mase-Escaci y Xicotenga "el Viejo" y un soldado de los nuestros (que se había allí quedado doliente, que no se halló en lo de México cuando nos desbarataron) que habían venido de la Villa-Rica un Juan de Alcántara y otros dos vecinos, e que le llevaron todo porque traían cartas de Cortés para que se lo diesen; la cual carta mostró el soldado, que había dejado en poder del Mase-Escaci cuando le dieron el oro; y preguntando cómo y cuándo y en qué tiempo lo llevó, y sabido que fue, por la cuenta de los días, cuando nos daban guerra los mexicanos, luego entendimos cómo en el camino habían muerto y tomado el oro, y Cortés hizo sentimiento por ello; y también estábamos con pena por no saber de los de la Villa-Rica, no hubiesen corrido algún desmán; y luego y en posta escribió con tres tlascaltecas, en que les hizo saber los grandes peligros que en México nos habíamos visto, y cómo y de qué manera escapamos con las vidas, y no se les dio relación de cuántos faltaban de los nuestros; y que mirasen que siempre estuviesen muy alerta y se velasen; y que si hubiese algunos soldados sanos se los enviasen (y que guardasen muy bien al Narváez y al Salvatierra), y si hubiese pólvora o ballestas: porque quería tornar a correr los rededores de México; y también escribió al capitán que quedó por guarda y capitán de la mar, que se decía Caballero, y que mirase no fuese ningún navío a Cuba ni Narváez se soltase; y que si viese que dos navíos de los de Narváez, que quedaban en el puerto, no estaban para navegar, que diese con ellos al través, y le enviase los marineros con todas las armas que tuviesen; y en posta fueron y volvieron los mensajeros, y trajeron cartas que no habían tenido guerras; que un Juan de Alcántara y los dos vecinos que enviaron por el oro, que los deben de haber muerto en el camino; y que bien supieron la guerra que en México nos dieron, porque "el cacique gordo" de Cempoal se lo había dicho; y asimismo escribió el almirante de la mar, que se decía Pedro Caballero, y dijeron que harían lo que Cortés les mandaba, e enviaría los soldados, e que el un navío estaba bueno, y que al otro daría al través y enviaría la gente, e que había pocos marineros, porque habían adolescido y se habían muerto, y que ahora escribían las respuestas de las cartas, y luego vinieron con el socorro que enviaban de la Villa-Rica, que fueron cuatro hombres con tres de la mar, que todos fueron siete, y venía por capitán dellos un soldado que se decía Lencero, cuya fue la venta que ahora dicen de Lencero.

Y cuando llegaron a Tlascala, como venían dolientes y flacos, muchas veces por nuestro pasatiempo y burlar ellos decíamos: "el socorro del Lencero": que venían siete soldados, y los cinco llenos de bubas y los dos hinchados, con grandes barrigas. Dejemos burlas, y digamos lo que allí en Tlascala nos aconteció con Xicotenga "el mozo", y de su mala voluntad, el cual había sido capitán de toda Tlascala cuando nos dieron las guerras por mí otras veces dichas en el capítulo que dello habla. Y es el caso que, como se supo en aquella su ciudad que salimos huyendo de México y que nos habían muerto mucha copia de soldados, ansí de los nuestros como de los indios tlascaltecas que habían ido de Tlascala en nuestra compañía, y que veníamos a nos socorrer e amparar en aquella provincia, el Xicotenga "el mozo" andaba convocando a todos sus parientes y amigos, y a otros que sentía que eran de su parcialidad, y les decía que en una noche, o de día, cuando más aparejado tiempo viesen, que nos matasen, y que haría amistades con el señor de México (que en aquella sazón habían alzado por rey a uno que se decía Coadlabaca); y que demás desto, que en las mantas y ropa que habíamos dejado en Tlascala a guardar y el oro que ahora sacábamos de México tendrían que robar, y quedarían todos ricos con ello; lo cual alcanzó a saber el viejo Xicotenga, su padre, y se lo riñó, y le dijo que no le pasase tal por el pensamiento, que era mal hecho; y que si lo alcanzase a saber Mase-Escaci y Chichimecatecle, que por ventura le matarían, y al que en tal concierto fuese; y por más que el padre se lo riñó, no curaba de lo que le decía, y todavía entendía en su mal propósito; y vino a oídos de Chichimecatecle, que era su enemigo mortal del mozo Xicotenga, y lo dijo a Mase-Escaci, y acordaron entrar en acuerdo y como cabildo; sobre ello llamaron al Xicotenga "el viejo" y los caciques de Guaxocingo, y mandaron traer preso ante sí a Xicotenga "el mozo", y Mase-Escaci propuso un razonamiento delante de todos, y dijo que si se les acordaba o habían oído decir de más de cien años hasta entonces que en toda Tlascala habían estado tan prósperos y ricos como después que los teules vinieron a sus tierras, ni en todas sus provincias habían sido en tanto tenidos, y que tenían mucha ropa de algodón y oro, y comían sal, la que hasta allí no solían comer; y por do quiera que iban de sus tlascaltecas con los teules les hacían honra por su respeto, puesto que ahora les habían muerto en México muchos dellos; y que tengan en la memoria lo que sus antepasados les habían dicho muchos años atrás, que de adonde sale el sol habían de venir hombres que les habían de señorear; e que ¿a qué causa ahora andaba Xicotenga en aquellas traiciones y maldades, concertando de nos dar guerra y matarnos? Que era mal hecho, e que no podía dar ninguna disculpa de sus bellaquerías y maldades, que siempre tenía encerradas en su pecho; y ahora, que los veía venir de aquella manera desbaratados, que nos había de ayudar para en estando sanos volver sobre los pueblos de México sus enemigos, quería hacer aquella traición.

Y a estas palabras que el Mase-Escaci y su padre Xicotenga "el ciego" le dijeron, el Xicotenga "el mozo" respondió que era muy bien acordado lo que decía por tener paces con mexicanos, y dijo otras cosas que no pudieron sufrir; y luego se levantó el Mase-Escaci y el Chichimecatecle y el viejo de su padre, ciego como estaba, y tomaron al Xicotenga el mozo por los cabezones y de las mantas, y se las rompieron, y a empujones y con palabras injuriosas que le dijeron, le echaron de las gradas abajo donde estaba, y las mantas todas rompidas; y aun si por el padre no fuera, le querían matar, y a los demás que habían sido en su consejo echaron presos; y como estábamos allí retraídos, y no era tiempo de le castigar, no osó Cortés hablar más en ello. He traído esto aquí a la memoria para que vean de cuánta lealtad y buenos fueron los de Tlascala, y cuántos les debemos, y aun al buen viejo Xicotenga, que a su hijo dicen que le había mandado matar luego que supo sus tramas y traición. Dejemos esto, y digamos cómo había veinte y dos días que estábamos en aquel pueblo curándonos nuestras heridas y convaleciendo, y acordó Cortés que fuésemos a la provincia de Tepeaca, que estaba cerca, porque allí habían muerto muchos de nuestros soldados y de los de Narváez, que se venían a México, y en otros pueblos que están junto de Tepeaca, que se dice Cachula; y como Cortés lo dijo a nuestros capitanes, y apercibían a los soldados de Narváez para ir a la guerra, y como no eran tan acostumbrados a guerras y habían escapado de la rota de México y puentes y lo de Otumba, y no veían la hora de se volver a la isla de Cuba a sus indios e minas de oro, renegaban de Cortés y de sus conquistas, especial el Andrés de Duero, compañero de nuestro Cortés, (porque ya lo habrán entendido los curiosos lectores en dos veces que lo he declarado en los capítulos pasados, cómo y de qué manera fue la compañía) maldecían el oro que le había dado a él y a los demás capitanes, que todo se había perdido en las puentes, como habían visto las grandes guerras que nos daban, y con haber escapado con las vidas estaban muy contentos; y acordaron de decir a Cortés que no querían ir a Tepeaca ni a guerra ninguna, sino que se querían volver a sus casas; que bastaba lo que habían perdido en haber venido de Cuba; y Cortés les habló muy mansa y amorosamente, creyendo de los atraer para que fuesen con nosotros a lo de Tepeaca; y por más pláticas y reprensiones que les dio, no querían; y como vieron los de Narváez que con Cortés no aprovechaban sus palabras, le hicieron requerimiento en forma delante de un escribano del rey para que luego se fuese a la Villa-Rica, poniéndole por delante que no teníamos caballos ni escopetas ni ballestas ni pólvora, ni hilo para hacer cuerdas, ni almacén; que estábamos heridos, y que no habían quedado por todos nuestros soldados y los de Narváez sino cuatrocientos y cuarenta soldados; que los mexicanos nos tomarían todos los puertos y sierras y pasos; e que los navíos, si más aguardaban, se comerían de broma; y dijeron en el requerimiento otras muchas cosas.

Y cuando se le hubieron dado y leído el requerimiento a Cortés, si muchas palabras decían en él, muy muchas más contrariedades respondió; y además desto, todos los más de nosotros de los que habíamos pasado con Cortés le dijimos que mirase que no diese licencia a ninguno de los de Narváez ni a otras personas para volver a Cuba, sino que procurásemos todos de servir a Dios e al rey; e que esto era lo bueno , y no volverse a Cuba. Cuando Cortés hubo respondido al requerimiento, como vieron las personas que le estaban requiriendo que muchos de nosotros ayudábamos el intento de Cortés y que les estorbábamos sus grandes importunaciones que sobre ello le hablaban y requerían, con no más de que decíamos que no es servicio de Dios ni de su majestad que dejen desamparado su capitán en las guerras. En fin de muchas razones que pasaron, obedecieron para ir con nosotros a las entradas que se ofreciesen; mas fue que les prometió Cortés que en habiendo coyuntura los dejaría volver a su isla de Cuba; y no por aquesto dejaron de murmurar dél y de su conquista, que tan caro les había costado en dejar sus casas y reposo y haberse venido a meter adonde no estaban seguros de las vidas; y más decían, que si en otra guerra entrásemos con el poder de México, que no se podría excusar tarde o temprano de tenerla, que creían e tenían por cierto que no nos podríamos sustentar contra ellos en las batallas, según habían visto lo de México y puentes, y en la nombrada de Otumba; y más decían , que nuestro Cortés por mandar y siempre ser señor, Y nosotros los que con él pasábamos no tener que perder sino nuestras personas, asistíamos con él; y decían otros muchos desatinos, y todo se les disimulaba por el tiempo en que lo decían; mas no tardaron muchos meses que no les dio licencia para que se volviesen a sus casas; lo cual diré en su tiempo y sazón.

Y dejémoslo de repetir, y digamos de lo que dice el cronista Gómara, que yo estoy muy harto de declarar sus borrones, que dice que le informaron: las cuales informaciones no son así como él lo escribe; y por no me detener en todos los capítulos a tornarlos a recitar y traer a la memoria cómo y de qué manera pasó, lo he dejado de escribir; y ahora pareciéndome que en esto de este requerimiento que escribe que hicieron a Cortés no dice quiénes fueron los que lo hicieron, si eran de los nuestros o de los de Narváez, y en esto que escribe es por sublimar a Cortés y abatir a nosotros los que con él pasamos; y sepan que hemos tenido por cierto los conquistadores verdaderos que esto vemos escrito, que le debieron de granjear al Gómara con dádivas porque lo escribiese desta manera, porque en todas las batallas y reencuentros éramos los que sosteníamos a Cortés, y ahora nos aniquila en lo que dice este cronista que le requeríamos. También dice que decía Cortés en las respuestas del mismo requerimiento que para animarnos y esforzarnos que enviará a llamar a Juan Velázquez de León y al Diego de Ordás, que el uno dellos dijo estaba poblando en lo de Pánuco con trescientos soldados, y el otro en lo de Guazacualco con otros soldados, y no es ansí; porque luego que fuimos sobre México al socorro de Pedro de Alvarado, cesaron los conciertos que estaban hechos, que Juan Velázquez de León había de ir a lo de Pánuco y el Diego de Ordás a lo de Guazacualco, según más largamente lo tengo escrito en el capítulo pasado que sobre ello tengo hecha relación; porque estos dos capitanes fueron a México con nosotros al socorro de Pedro de Alvarado, y en aquella derrota el Juan Velázquez de León quedó muerto en las puentes, y el Diego de Ordás salió muy mal herido de tres heridas que le dieron en México, según ya lo tengo escrito cómo y cuándo y de qué arte pasó.

Por manera que el cronista Gómara, si como tiene buena retórica en lo que escribe, acertara a decir lo que pasó, muy bien fuera. También he estado mirando cuando dice en lo de la batalla de Otumba, que dice que si no fuera por la persona de Cortés que todos fuéramos vencidos, y que él solo fue el que la venció en el dar, como dio el encuentro al que traía el estandarte y seña de México. Ya he dicho, y lo torno ahora a decir, que a Cortés toda la honra se le debe, como bueno y esforzado capitán; mas sobre todo hemos de dar gracias a Dios, que él fue servido poner su divina misericordia, con que siempre nos ayudaba y sustentaba; y Cortés en tener tan esforzados y valerosos capitanes y valientes soldados como tenía; e después de Dios, nosotros le dábamos esfuerzo y rompíamos los escuadrones y le sustentábamos, para que con nuestra ayuda y de nuestros capitanes guerreasen de la manera que guerreamos, como en los capítulos pasados sobre ello dicho tengo; porque siempre andaban juntos con Cortés todos los capitanes por mí nombrados, y aun ahora los torno a nombrar, que fueron Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olí, Gonzalo de Sandoval, Francisco de Morla, Luis Marín, Francisco de Lugo y Gonzalo Domínguez, y otros muy buenos y valientes soldados que no alcanzábamos caballos; porque en aquel tiempo diez y seis caballos y yeguas fueron los que pasaron desde la isla de Cuba con Cortés, y no los había, aunque nos costaran a mil pesos; ¿y cómo el Gómara dice en su Historia que sólo la persona de Cortés fue el que venció lo de Otumba?, ¿por qué no declaró los heroicos hechos que estos nuestros capitanes y valerosos soldados hicimos en esta batalla? Así que, por estas causas tenemos por cierto que por ensalzar a Cortés le debieron de untar las manos, porque de nosotros no hace mención; si no, pregúnteselo a aquel muy esforzado soldado que se decía Cristóbal de Olea, cuántas veces se halló en ayudar a salvar la vida a Cortés, hasta que en las puentes cuando volvimos sobre México perdió la vida él y otros muchos soldados por le salvar.

Olvidádoseme había de otra vez que le salvó en lo de Suchimilco, que quedó mal herido el Olea; e para que bien se entienda esto que digo, uno fue Cristóbal de Olea y otro Cristóbal de Olí. También lo que dice el cronista en lo del encuentro con el caballo que dio al capitán mexicano y le hizo abatir la bandera, ansí es verdad; mas ya he dicho otra vez que un Juan de Salamanca, natural de la villa de Ontiveros, que después de ganado México fue alcalde mayor de Guazacualco, es el que le dio una lanzada y le mató y quitó el rico penacho que llevaba, y se le dio el Salamanca a Cortés; y su majestad, el tiempo andando, lo dio por armas al Salamanca; y esto he traído aquí a la memoria, no por dejar de ensalzar y tenerle en mucha estima a nuestro capitán Cortés; y débesele todo honor y prez e honra de todas las batallas e vencimientos hasta que ganamos esta Nueva-España, como se suele dar en Castilla a los muy nombrados capitanes, y como los romanos daban triunfos a Pompeyo y Julio César y a los Cipiones; más digno de loores es nuestro Cortés que no los romanos. También dice el mismo Gómara que Cortés mandó matar secretamente a Xicotenga "el mozo" en Tlascala por las traiciones que andaba concertando para nos matar, como antes he dicho. No pasa ansí como dice; que donde le mandó ahorcar fue en un pueblo junto a Tezcuco, como adelante diré sobre qué fue; y también dice este cronista que iban tantos millares de indios con nosotros a las entradas, que no tiene cuenta ni razón en tantos como pone; y también dice de las ciudades y pueblos y poblaciones que eran tantos millares de casas, no siendo la quinta parte; que si se suma todo lo que pone en su Historia, son más millones de hombres que en toda Castilla están poblados, y eso se le da poner mil que ochenta mil, y en esto se jacta, creyendo que va muy apacible su historia a los oyentes no diciendo lo que pasó; miren los curiosos lectores cuánto va de su historia a esta mi relación, en decir letra por letra lo acaecido, y no miren la retórica ni ornato; que ya cosa vista es que es más apacible que no ésta tan grosera mía; mas suple la verdad la falta de plática y corta retórica. Dejemos ya de contar ni de traer a la memoria los borrones declarados, y cómo yo soy más obligado a decir la verdad de todo lo que pasa que no a lisonjas; y demás del daño que hizo con no ser bien informado, ha dado ocasión que el doctor Illescas y Pablo Jobio se sigan por sus palabras. Volvamos a nuestra historia, y digamos cómo acordamos ir sobre Tepeaca; y lo que pasó en la entrada diré adelante.

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