Desde un principio, estuvo muy claro cuál era el
propósito de la Alemania de
Hitler. Se trataba de poner fuera de combate a la URSS en un plazo muy corto de tiempo. El
Ejército Rojo sería rodeado y destruido junto a las fronteras, mediante una serie de movimientos de pinza, de modo que se
pensaba que en cuatro semanas la victoria sería completa. La propia brutalidad de la guerra
emprendida por los alemanes -que tomaron casi seis millones de prisioneros y más de la mitad murió como consecuencia del trato recibido- no tuvo más consecuencia que la de fomentar la
resistencia enemiga y a ello contribuyó que
Stalin respondiera con idéntica dureza.
Para alentar la decaída moral norteamericana, se decidió una réplica adecuada al
ataque de Pearl Harbor: el bombardeo del mismísimo Japón, objetivo que la distancia hacía teóricamente inalcanzable. A bordo del portaaviones
Hornet, se embarcaron 16 fortalezas volantes
B-25, cada una con cuatro bombas de 250 kilos a repartir entre Tokio, Nagoya, Osaka y Kobe. Atacaron el 18 de abril de 1942, sorprendiendo a los japoneses y dirigiéndose luego al aeródromo chino de Chochow.
El general
Tojo ordenó una operación de réplica contra Midway, de donde parecían haber despegado los B-25. Era esta isla la posición americana más avanzada, a medio camino entre Japón y Hawai, y el almirante
Yamamoto pensaba que, si la flota norteamericana se presentaba a defenderla, tendría la posibilidad de destruirla.